Capítulo 4: Buscad y encontraréis

Hambre no-humana

Cuando el hambre inmortal devora tu alma

 


Capítulo 4:

Buscad y encontraréis

 

Introducción

La noche ha caído… y con ella ha muerto lo que erais.

Ya no sois humanos.

El sol os ha abandonado para siempre. Su luz ya no volverá a tocar vuestra piel sin convertirla en ceniza. No comeréis, no beberéis, no respiraréis. Vuestro corazón… se ha detenido. Ese latido que marcó cada instante de vuestra vida se ha apagado para siempre.

Ahora el silencio habita en vuestro pecho.

Todo lo que os rodea es nuevo… y espeluznante.

Los olores son más intensos. Los sonidos atraviesan la oscuridad como cuchillas. La noche se abre ante vosotros como un reino infinito.

Y entonces lo sentís.

El hambre.

No es un hambre humana. No es deseo de pan ni de agua. Es algo más profundo, más antiguo… un fuego oscuro que arde en la garganta y que sólo conoce un alimento.

La sangre.

Cada pulso vivo a vuestro alrededor suena como un tambor en vuestros oídos. Cada vena late como una promesa. Cada ser humano es ahora un faro cálido en la oscuridad.

Habéis cruzado un umbral del que nadie regresa.

Como en las viejas historias que nacieron de la pluma de Bram Stoker, cuando el conde Drácula abría las puertas de su castillo y pronunciaba aquellas palabras que resonaron a través de los siglos:

“Entrad libremente y por vuestra propia voluntad… y dejad parte de la felicidad que traéis.”

Así habéis entrado vosotros en esta eternidad oscura.

La vida ha quedado atrás.

La noche es ahora vuestro hogar.

El hambre, vuestra compañera.

La sangre, vuestro destino.

Porque desde este momento…

sois criaturas de la noche.

 

Emerson Wilkershire III
Escena 1: ¿Cómo te sientes?

La mansión de Emerson quedó en silencio cuando cada uno se retiró a una habitación distinta. El mármol del vestíbulo devolvía el eco de pasos que se apagaron uno tras otro. Afuera, los jardines permanecían inmóviles bajo la noche.

Marcus ocupó una silla frente a una mesa cubierta de libros. Abrió uno de los volúmenes de ocultismo que había salvado de su apartamento. Pasó las páginas con cuidado, casi con reverencia.

—Esto no puede ser real... —murmuró.

Apoyó los dedos sobre un grabado antiguo de un vampiro rodeado de símbolos arcanos. Sonrió, con los ojos brillantes.

—Toda mi vida leyendo sobre esto... y ahora estoy dentro.

Se levantó y miró su reflejo en el cristal de la ventana. No respiraba. No lo necesitaba.

—Vale... —susurró—. Esto es una locura.

Pero no cerró el libro. Siguió leyendo.

 

 

Mónica se sentó en el borde de la cama de invitados. Tenía el teléfono en la mano, la pantalla estaba apagada. El silencio de la habitación pesaba más que cualquier ruido.

—No controlo nada... —dijo en voz baja.

Había pasado su vida entre expedientes, declaraciones, pruebas. Todo tenía reglas. Todo tenía consecuencias claras.

Se levantó y caminó hasta el espejo. Su reflejo le devolvió una mirada cansada.

—Esto no estaba en el plan.

Se abrazó a sí misma, intentando calmar el temblor de sus manos.

—Primero el secuestro... luego el inspector Brandt... ahora esto...

Bajó la mirada.

—No sé hacer esto.

 

Terri ocupó un sillón junto a una lámpara tenue. Tenía un libro pequeño en las manos. El lomo gastado revelaba su uso constante.

El Principito.

Lo abrió por una página marcada. Sus labios se movieron en silencio antes de pronunciar la frase en voz baja.

—“Cuando el misterio es demasiado grande, es imposible desobedecer.”

Cerró el libro despacio.

—Supongo que tenía razón.

Miró sus manos y las giró bajo la luz.

—La química siempre tiene respuestas... —murmuró—. Esto también las tendrá.

Apoyó el libro sobre su pecho y cerró los ojos un instante.

—Solo tengo que encontrarlas.

 

 

Emerson se encontraba en su despacho. Un vaso vacío descansaba sobre la mesa. No lo había tocado.

Miraba los informes financieros en su tablet.

—Intereses... inversiones... mercados asiáticos...

Deslizó el dedo por la pantalla.

—Nada de esto ha cambiado.

Se levantó y caminó hasta el ventanal que dominaba los jardines.

—La única diferencia es el horario.

Sonrió levemente.

—He pasado del día a la noche.

Ajustó los puños de su camisa.

—Y sigo tomando decisiones.

Apagó la pantalla.

—El dinero siempre ayuda.

 

Flash se había dejado caer en el sofá del salón principal. Tenía las botas sobre la mesa y miraba el techo.

—Pues vaya cambio...

Se rió solo.

Había pasado media vida en bares, conciertos y callejones. La noche no era nueva para él. Pero esto...

—Vale —dijo en voz alta—. Vampiro.

Giró la cabeza hacia el pasillo donde dormían los otros.

—Marcus el friki... Terri la científica... Emerson el ricachón... Mónica la abogada...

Sacudió la cabeza con una sonrisa torcida.

—Y yo.

Se cruzó de brazos.

—Una familia rara.

Se encogió de hombros.

—Bueno... lo que venga.

Cerró los ojos un momento.

—Como siempre.

La mansión quedó en calma. Cinco habitaciones ocupadas, cinco mentes despiertas, y una noche demasiado larga por delante.

 

Theresa Harper, Terri
Escena 2: ¿Y ahora?

El salón principal de la mansión de Emerson parecía hecho para olvidar el mundo exterior. Alfombras gruesas, sofás de cuero oscuro y una chimenea apagada que reflejaba la luz de las lámparas. Afuera, los jardines dormían bajo la noche.

Los cinco estaban repartidos por el salón. Nadie hablaba al principio.

Mónica rompió el silencio.

—Hay algo que no dejo de pensar.

Marcus levantó la vista desde el sillón.

—¿Qué?

—Susy y Mavis —dijo Mónica—. La bibliotecaria y su hija. Estaban con nosotros en el sótano aquella noche.

Flash se inclinó hacia delante.

—Sí... las recuerdo.

—Tal vez sepan algo —continuó Mónica.

Terri negó con la cabeza.

—¿Ir a buscarlas ahora? ¿De noche? Las asustaríamos.

Marcus apoyó los codos en las rodillas.

—Y no creo que puedan aportar mucho. Aquella noche estaban tan perdidas como nosotros.

Mónica asintió despacio.

—Puede que tengáis razón.

Marcus respiró hondo.

—A mí me preocupa otra cosa.

Todos lo miraron.

—El inspector Brandt.

Flash soltó una risita.

—¿El poli?

—Sí —dijo Marcus—. Creo que sabe más de lo que parece.

Flash se encogió de hombros.

—Pues fácil. Lo cogemos, lo sentamos en una silla y le hacemos unas preguntas.

Hizo un gesto con los nudillos.

—Con un poco de mano dura.

Marcus lo miró serio.

—¿No llamar la atención, recuerdas?

Flash levantó las manos.

—Solo era una idea.

Mónica se levantó del sofá.

—Puedo hacer unas llamadas. Ver cómo va la investigación. Averiguar qué sabe la policía sobre la casa donde nos secuestraron... y sobre el cadáver que encontraron allí.

Marcus asintió.

—Jacob Prestor.

—Exacto —dijo Mónica.

Terri cruzó las piernas en el sillón.

—También podríamos ir allí.

Los otros la miraron.

—A los restos de la casa —añadió—. Ver qué queda.

Flash miró a Emerson.

—¿Tienes un coche que no sea una nave espacial?

Emerson sonrió.

—No.

Flash bufó.

—¿Nada discreto?

—Solo la furgoneta del jardinero.

Flash negó con la cabeza.

—Paso.

Marcus chasqueó los dedos.

—Alquilamos uno. Cristales tintados. Algo gris, aburrido. Nadie lo mirará dos veces.

Emerson se levantó.

—Winsord.

El mayordomo apareció en la puerta casi al instante.

—Señor.

—Necesitamos un coche discreto.

Winsord inclinó la cabeza.

—Me ocupo.

Desapareció por el pasillo.

Flash miró a Emerson.

—Ese tipo da miedo.

—Es eficiente —respondió Emerson.

No pasó una hora.

Winsord volvió al salón.

—El vehículo está preparado. Citroën gris. Aparcado frente a la entrada.

Flash sonrió.

—Eso sí que no llama la atención.

Minutos después los cinco salían de la mansión.

El Citroën esperaba bajo la luz tenue del camino. Terri tomó el asiento del conductor.

—Yo conduzco.

Marcus subió delante. Los otros se acomodaron detrás.

Terri arrancó el motor.

—Poneos los cinturones.

Flash soltó una carcajada.

—¿En serio?

Terri miró por el retrovisor.

—No vaya alguien a morir.

Un segundo de silencio.

Luego los cinco rieron.

El coche abandonó el camino de la mansión y tomó la carretera.

Dirección a la casa quemada.

 

Arnold Flash Simpson

Escena 3: La casa de Prestor

El Citroën gris llegó despacio por la calle hasta detenerse frente al terreno acordonado. Terri apagó el motor. Durante unos segundos nadie habló.

Delante de ellos, la casa de Prestor se alzaba como un esqueleto negro contra la noche.

Flash silbó.

—Vaya... sí que la dejamos bonita.

—Nosotros no la quemamos —dijo Marcus.

Flash levantó las manos.

—Solo digo que impresiona.

La cinta amarilla colgaba entre dos postes torcidos. “**LÍNEA DE POLICÍA – NO PASAR – ESCENA DE CRIMEN**”. El viento la movía con un leve chasquido.

Terri abrió la puerta.

—Vamos.

Flash se recostó en el asiento.

—Yo vigilo el coche.

—No te duermas —dijo Marcus.

—Tranquilo. Hasta que no llegue el día no me dormiré.

Los otros cuatro cruzaron la cinta. Emerson se detuvo en la entrada del terreno, junto al viejo camino de grava. No avanzó más.

—Yo me quedo aquí —dijo—. Si alguien aparece, avisaré.

Marcus ya caminaba hacia las ruinas.

La casa apenas existía. El fuego había hecho un buen desaguisado. Las paredes estaban abiertas, negras, mordidas por las llamas. El tejado había colapsado sobre el interior.

No quedaba nada que mereciera la pena llevarse.

Mónica dio un paso entre los restos chamuscados. Miró alrededor, perdida.

—No veo nada.

Marcus no respondió.

Sus ojos recorrían cada rincón oscuro.

Terri avanzó a su lado. De pronto, algo cambió en su rostro. Sus pupilas se estrecharon y el rojo apareció en sus ojos.

Marcus se giró hacia ella.

—¿Terri...?

Flash, desde el coche, asomó la cabeza por la ventanilla.

—Eh... eso da un poco de miedo.

Terri no respondió. Miraba las sombras entre los restos de la casa con una intensidad nueva.

—Veo mejor así —dijo.

Mónica dio un paso atrás.

—Tus ojos...

Terri se agachó junto a unas vigas caídas.

—Veo de noche —murmuró— como si fuera de día.

Marcus respiró hondo.

Algo también despertaba en él.

La oscuridad dejó de ser un problema. Los contornos se volvieron claros, nítidos. Oía el viento entre los restos de madera, el crujido del metal quemado, incluso el latido débil de un perro en una casa lejana.

—Mis sentidos, están más intensificados que nunca —susurró.

Emerson, desde la entrada, los observaba.

—¿Encontráis algo?

Marcus recorrió el terreno con la mirada.

—Nada útil.

Terri levantó una tabla negra y carbonizada.

—Aquí tampoco.

Mónica caminó entre los restos sin saber qué buscar. Miraba el suelo, las paredes rotas, los escombros.

—¿Qué se supone que estamos buscando?

Marcus señaló el centro de la casa.

—La trampilla.

Tardaron unos minutos.

Terri la encontró.

—Aquí.

El metal chamuscado y derretido, medio hundida, pero aún reconocible. Era la trampilla del sótano.

Marcus se agachó junto a ella y miró la quemadura de su mano, se ha había hecho aquella noche desde el otro lado, cuando la tocó y quemaba cómo el infierno.

—Aquí empezó todo.

Apoyó la mano sobre la madera negra de una viga cercana.

Cerró los ojos y algo tiró de él. Un golpe en el pecho. El mundo cambió.

Oscuridad.

Dolor.

Un hombre respiraba con dificultad.

Marcus tirado en el suelo. Sangre, huesos rotos. Lo habían molido a golpes. Alguien lo había apaleado.

El hombre no podía ni gritar, pero tenía los ojos abiertos. Aún seguía con vida.

Marcus sintió el fuego antes de verlo. Las llamas subían por las paredes. El humo llenaba el aire.

El hombre intentaba arrastrarse pero no podía. el miedo y el dolor y su parálisis. El fuego lo devoraba.

Marcus abrió los ojos de golpe y cayó hacia atrás.

Terri lo sujetó.

—¿Qué pasa?

Marcus respiraba rápido.

—Prestor...

Todos lo miraron.

—Está muerto —dijo Marcus—. Era el dueño de esta casa y lo mató el fuego.

Mónica frunció el ceño.

—Eso ya lo sabíamos.

Marcus negó con la cabeza.

—Antes lo torturaron.

Silencio.

—Le rompieron huesos. Lo empalaron. Lo dejaron aquí.

Emerson dio un paso hacia ellos.

—¿Quién?

Marcus cerró los ojos un segundo, intentando recordar la sensación.

—No lo vi.

Abrió los ojos.

—Pero Prestor no nos odiaba.

Terri lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Sentía pena por nosotros —dijo Marcus—. Y esperanza.

—Eso no tiene sentido —dijo Mónica.

Marcus miró la trampilla quemada.

—Alguien más estaba detrás de todo esto.

El viento movió la cinta amarilla de la policía.

Y por primera vez desde que llegaron, la casa en ruinas pareció observarlos.

 

Marcus Smith-Kearns

Escena 4: Orden sobre escombros

Las ruinas olían a hollín y metal derretido. El grupo avanzó entre escombros negros, con pasos cortos y cuidado. El fuego había dejado vigas abiertas como huesos y montones de polvo gris que brillaban bajo la linterna que Flash sostenía desde la puerta del coche.

Terri se agachó junto a un trozo de pared derrumbada. Sus ojos aún conservaban aquel brillo rojizo que incomodaba a los demás.

—Nada por aquí —dijo.

Marcus caminó unos metros más allá, atento a cada sonido. Su mirada recorría las sombras como si buscara algo escondido en la oscuridad.

Mónica permanecía cerca de Emerson, con los brazos cruzados.

—Esto no sirve para nada —murmuró—. No queda nada.

El viento movió la cinta amarilla de la policía. La tela rozó un poste y produjo un leve chasquido.

Entonces una voz surgió desde el borde del solar.

—¿Qué hacéis aquí?

Todos se giraron.

Un hombre permanecía junto a la acera. Llevaba una cazadora húmeda y un móvil en la mano. No se acercó demasiado. Observaba con la calma de quien cree tener una historia entre las manos.

—¿Qué buscáis? —insistió—. ¿Habéis quemado vosotros la casa?

—Genial... —murmuró Flash desde el coche.

El hombre levantó el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Emerson avanzó un paso.

No levantó la voz.

—No hará falta —dijo.

El hombre lo miró. Solo eso. Un segundo.

El mirón pestañeó.

Algo se quebró en su expresión. La tensión en sus hombros se disolvió. El móvil resbaló de sus dedos y cayó contra la grava.

Abrió la boca para hablar, pero las palabras no llegaron.

Dio un paso atrás. Luego otro.

Sus dedos buscaron el teléfono en el suelo. Lo recogió sin dejar de mirar a Emerson, con el ceño fruncido, como si intentara recordar algo que ya se escapaba.

—Me voy —dijo al fin.

Se dio la vuelta.

Caminó rápido hacia la calle. A unos metros tropezó con el bordillo, respiró hondo y apretó el móvil contra el pecho.

La lluvia fina comenzó a caer sobre el asfalto.

El hombre desapareció en la esquina sin mirar atrás.

El silencio volvió al solar.

Flash soltó el aire.

—Vale... eso ha sido raro.

Terri miró a Emerson.

—¿Qué has hecho?

Emerson se encogió de hombros.

—Nada complicado.

Mónica regresó hacia ellos desde el borde del terreno. Su expresión era seca, contenida.

—Tenemos que irnos —dijo.

El mirón se alejó a paso rápido, sin mirar atrás. A los pocos metros ya tropezó con el bordillo, respiró hondo y apretó el teléfono contra el pecho, como quien fija un recuerdo que no logra sostener. La calle lo tragó; la lluvia lavó su rastro.

Todos regresaron al coche y de camino a la mansión Marcus les explicó todo lo que había averiguado con sus nuevos poderes.


Monica Belhurst
Escena 5: Investigando

La noche siguiente la mansión de Emerson dejó de parecer un refugio y empezó a parecer un cuartel. Las luces de varias habitaciones seguían encendidas y cada uno ocupaba un rincón distinto del edificio.

Todos buscaban respuestas.

 

En el despacho principal, Mónica tenía el portátil abierto y el teléfono apoyado entre el hombro y la oreja. Sobre la mesa había notas escritas con rapidez.

—Sí... el caso del incendio de Cherry Creek —dijo—. Necesito saber qué aparece en el informe preliminar.

Al otro lado de la línea alguien respondió con tono cansado.

—Mónica, esto ya está en manos de la policía de Denver.

—Solo pregunto por un nombre —replicó ella.

Tecleó mientras hablaba.

—Jacob Prestor.

Silencio al otro lado.

—Vecino tranquilo —respondió la voz al fin—. Sin antecedentes. Pagaba impuestos, nada raro.

Mónica anotó.

—¿Visitantes?

—Uno.

Ella alzó la vista.

—¿Uno?

—Un hombre rubio. Venía en un Jaguar. Matrícula personalizada… algo como “SCIENCE”.

Mónica se quedó inmóvil.

—¿Science?

—Sí.

Colgó y giró el portátil hacia Emerson, que revisaba correos en la otra punta de la mesa.

—Tenemos un visitante habitual.

Emerson se acercó.

—Déjame adivinar —dijo—. Rico.

—Jaguar con matrícula personalizada.

Emerson sonrió apenas.

—Eso suele confirmarlo.

 

Emerson abrió otro correo. Sus contactos en el mundo financiero de Denver respondían con rapidez cuando él preguntaba.

Leyó en silencio unos segundos.

Luego habló.

—Edward Williams.

Mónica levantó la mirada.

—¿Quién?

—El dueño del Jaguar.

Giró la pantalla hacia ella.

—Empresario. Llegó de Las Vegas hace quince años.

—¿A qué se dedica?

Emerson apoyó las manos sobre la mesa.

—Es propietario del Broadstreet.

—¿Un bar?

—Más bien un club.

Mónica siguió leyendo.

—Tiene mucho dinero.

Emerson soltó una risa corta.

—Eso se queda corto.

Señaló otra línea del informe.

—Compró el local mediante una cesión de cinco años. Y desde entonces... parece que el dinero no se acaba.

Mónica frunció el ceño.

—¿Origen del capital?

Emerson negó con la cabeza.

—Eso es lo interesante.

Cruzó los brazos.

—No aparece.

—¿Nada?

—Nada convincente.

Mónica se quedó mirando el nombre en la pantalla.

—Edward Williams.

—¿A quién llamas? —preguntó Mónica.

—A Flash, seguro que el puede averiguar algo del Broadstreet en las calles.

 

En otra parte de la casa, Terri estaba sentada en el suelo del salón secundario con el portátil sobre las piernas. Varias ventanas del navegador mostraban foros extraños, páginas ocultas y textos escritos con pseudónimos.

Marcus se habría sentido como en casa allí.

Terri leyó en voz baja.

—“Clanes de la noche... sociedad vampírica... intercambio de secretos...”

Hizo una mueca.

—Esto parece un foro de conspiraciones.

Abrió otro enlace.

—Nosferatu.

La palabra se repetía en varias páginas.

—Un clan que trafica con información...

Cerró el portátil un momento.

—Esto no puede ser real.

Lo abrió otra vez.

—Pero si lo fuera...

Anotó el nombre en una libreta.

—Nosferatu.

 

Flash estaba lejos de la mansión.

Caminaba por una calle iluminada por neones y carteles de bares. Se apoyó en la barra de un local donde el camarero limpiaba vasos.

—Oye —dijo Flash—. ¿Has oído hablar de vampiros?

El camarero lo miró.

—¿Cómo?

—Una sociedad secreta.

El hombre soltó una carcajada.

—Claro y los hombres lobo pagan las copas.

Flash suspiró.

—Vale... mala pregunta.

Salió del bar y probó en otro sitio.

—¿Vampiros?

Un tipo con gorra lo miró como si estuviera loco.

—Amigo... cambia de bebida.

Flash levantó las manos.

—Lo intento.

Cuando salió del tercer bar negó con la cabeza.

—Genial, Flash —murmuró—. Preguntando por vampiros como si fuera normal.

Se encogió de hombros.

—Al menos lo intento.

 

Mientras tanto Marcus caminaba solo por los jardines de la mansión.

Las luces de la casa quedaban a su espalda.

Sus pensamientos giraban siempre hacia el mismo nombre.

Brandt.

El inspector seguía investigando. Y cada paso de la policía podía acercarlos al desastre.

Marcus se detuvo junto a una estatua cubierta de hiedra.

—Si Brandt tira del hilo...

Miró hacia la casa iluminada.

—Nos encontrará.

Cerró los ojos un momento.

—Tengo que pensar.

Abrió los ojos otra vez.

—La próxima jugada.

El viento movió las ramas de los árboles.

 

Y en la mansión de Emerson, por primera vez desde que despertaron como neonatos, el nombre de Edward Williams empezó a pesar más que el de Jacob Prestor.

 

Denver by Nigth
Escena 6: Ojos en las calles

La lluvia había dejado las calles de Denver brillantes como espejos. Flash caminaba sin prisa, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. El asfalto mojado devolvía el reflejo de los neones y el aire olía a tabaco, cerveza y gasolina.

El teléfono había vibrado unos minutos antes.

Emerson.

—Necesito que preguntes por un sitio —le había dicho—. El Broadstreet.

Flash había sonreído al colgar.

Las calles eran su terreno.

Pasó frente a un grupo de jóvenes apoyados en una barandilla. Reían, compartían una botella y miraban el tráfico. Cuando Flash se acercó, algo cambió.

No lo buscó. Simplemente ocurrió.

Las miradas se clavaron en él.

Uno de los chicos dejó de hablar a mitad de frase.

Una chica inclinó la cabeza, curiosa.

Flash sintió aquel cosquilleo en el pecho. Su presencia llenó el espacio entre ellos como una corriente invisible.

Se detuvo frente al grupo.

—Oye —dijo con tono tranquilo—. Busco un club. Broadstreet.

Los tres intercambiaron una mirada rápida.

—Claro —respondió uno—. El Broadstreet.

Otro dio un paso adelante, como si necesitara explicar más.

—Un club que renta, bro.

Flash levantó una ceja.

—¿Sí?

—Propiedad de Edward Williams.

El nombre encajó en su cabeza como una pieza que ya conocía.

—¿El mismo que toca allí?

La chica asintió.

—Sí. Tiene una banda.

—Seventh Son —añadió otro—. Él canta y toca la guitarra solista.

Flash apoyó el hombro contra la barandilla.

—¿Y los demás?

El chico empezó a enumerar con los dedos.

—Jason Dodgerson al bajo... Karen Mauve en la batería... Leslie Boothe con los teclados... y Leslie Wilkes a la guitarra.

La chica sonrió.

—Verlos tocar es otra cosa. Parece que llevaran siglos haciéndolo.

Flash dejó escapar una risa corta.

—Siglos, ¿eh?

—Solo puedes entrar si te invitan —dijo el primero—. No es un sitio abierto para cualquiera.

Flash miró las luces de un coche que pasaba.

—Interesante.

El tercer chico bajó la voz.

—Y oye...

Flash volvió a mirarlo.

—¿Sí?

—No te entrometas con ellos.

Flash alzó una ceja.

—¿Tan malos son?

El chico negó con la cabeza.

—Nunca empiezan un problema.

La chica terminó la frase.

—Pero seguro que lo acaban.

Flash asintió despacio.

—Gracias.

Se apartó del grupo y siguió caminando por la acera mojada.

A sus espaldas, los jóvenes seguían mirándolo. Algunos incluso dieron un paso como si quisieran seguirlo, pero se quedaron donde estaban.

Flash metió las manos en los bolsillos.

El nombre Edward Williams giraba en su cabeza.

Un club exclusivo. Una banda. Un hombre rico.

Sonrió para sí mismo.

—Vale, Emerson —murmuró—. Creo que tenemos lo que queríamos.

La lluvia volvió a caer con suavidad sobre la calle.

Y en algún lugar de la ciudad, el Broadstreet seguía abierto.

 

Winsord Martin,
Mayordomo de Emerson
Escena 7: Ecos de la Mansión

La Mansión de Emerson respiraba silencio y opulencia. Winsord Martin se movía con precisión entre las habitaciones, ajustando detalles, mientras los neonatos se dispersaban por los salones amplios, todavía inseguros en su nueva existencia.

Mónica estaba apoyada contra un ventanal, la luz de la luna filtrándose entre los pinos que rodeaban la casa. Sus dedos rozaron el marco de su collar mientras pensaba en Vincent. No había esperado que apareciera de repente. Su corazón humano, aunque debilitado por la nueva naturaleza que compartía con los demás, se tensó.

Vincent la encontró en la sala principal, su expresión una mezcla de incredulidad y dolor.

—Mónica… ¿por qué vas con un sospechoso de homicidio? —dijo, la voz cargada de confusión y miedo—. ¿Qué ocurre? ¿Ya no me quieres? ¿Qué te ha pasado? Juntos podríamos superar esto. Necesitas ayuda.

Sus ojos se fijaron en ella con la intensidad de alguien que no comprendía nada, alguien que había confiado en ella toda su vida y ahora se sentía arrastrado al abismo de secretos que no podía entender.

Mónica le mantuvo la mirada. No podía permitir que Vincent se convirtiera en un problema para el grupo ni que su humanidad lo arrastrara a un peligro innecesario. Lentamente, sin darse cuenta activó algo en ella.

Un hilo invisible se extendió entre sus mentes, capturando sus pensamientos más recientes, sus dudas, su miedo, su amor todavía presente. Leyó cada rincón de la mente de Vincent: la sorpresa, la ira, la necesidad de protegerla. Y con precisión quirúrgica, comenzó a moldear sus recuerdos.

—Vincent… —susurró, suavemente—. Todo está bien. Vuelve a casa, descansa, sigue con tu trabajo. Yo estoy bien.

Vincent parpadeó, confuso por un instante, como si las palabras hubieran tocado algo profundo que no comprendía. Lentamente, la ansiedad se diluyó, reemplazada por una certeza inexplicable de que Mónica estaba segura y no necesitaba intervención. Sus pensamientos sobre la noche, sobre su encuentro con ella, se reacomodaron: recordó detalles irrelevantes del trabajo, de reuniones con colegas, de cenas en la ciudad. Todo lo que podría haberlo preocupado o lo habría llevado a seguirla desapareció, dejando sólo la sensación de tranquilidad.

—¿Seguro… seguro que estás bien? —preguntó, su voz ahora calmada, como si el peso del mundo se hubiera aligerado.

—Sí, estoy bien —dijo Mónica con un ligero asentimiento—. Vuelve a casa, Vincent. Todo está bajo control.

Él asintió, con un pequeño destello de sonrisa resignada, y se dio la vuelta. Mientras se alejaba, su mente ya estaba ocupada en otros pensamientos, en otros recuerdos, ninguno relacionado con lo que acababa de pasar. Mónica lo observó marchar, sintiendo cómo la tensión que lo mantenía unido a la humanidad que compartían se desvanecía.

Había sido delicado, pero eficaz. Nadie debía interferir, nadie debía saber. La mansión seguía en silencio, pero ella sentía el poder de la noche latiendo a su alrededor, recordándole que ahora no había vuelta atrás.

 

Inspector William Brandt
Escena 8: Cazador cazado

Marcus caminaba por la acera iluminada por los faroles, con las manos en los bolsillos de su chaqueta vieja y los ojos fijos en el asfalto. La noche tenía un frío húmedo, y cada paso crujía entre hojas secas y charcos reflectantes. Su mente estaba inquieta, no por él mismo, sino por la sensación de ser observado. Vió su coche y se acercó.

Se detuvo frente al coche del inspector, estaba vacío, tenía la ventanilla bajada, respiró hondo y, sin pensarlo demasiado, activó algo sin querer.

Sostuvo el volante con firmeza, cerró los ojos y dejó que la sensación de contacto con el objeto lo llevara. Era un trance ligero, un murmullo en su mente, como escuchar ecos a través de un vidrio empañado. Fragmentos de información comenzaron a filtrarse, borrosos al principio: manos que giraban la llave, una respiración nerviosa, un perfume desconocido…

Entonces la imagen se aclaró. El coche frente a él avanzaba lentamente, siguiendo cada giro, cada semáforo. Un hombre alto, de traje oscuro y expresión rígida, sujetaba el volante con tensión. Sus ojos eran fríos, calculadores, pero había algo en su postura que lo delataba: no era un simple conductor. Marcus percibió la intención tras la mirada, la paciencia que había mantenido todo el día.

Era el inspector William Brandt. Lo había estado siguiendo desde hacía un rato, vigilando cada uno de sus movimientos, con recursos que Marcus solo podía intuir. La mente del inspector transmitía un flujo constante de análisis y estrategias, un profesional que confiaba en su instinto y en la ley por encima de todo. Marcus sintió un escalofrío: Brandt no solo lo observaba, sino que estaba preparado para actuar en cuanto cometiera un error.

Marcus bien abrió los ojos. Su segunda experiencia con Psicometría le había mostrado mucho más que una simple visión: ahora conocía quién lo seguía, cómo lo hacía y qué intención tenía. Un poder que podía ser una ventaja o una condena, dependiendo de cómo lo usara.

Se recostó en el coche un instante, estudiando la calle vacía, los faroles temblando con la brisa nocturna, y decidió que a partir de ese momento tendría que moverse con más cautela. Brandt no era solo un policía, era un cazador que ahora figuraba en la lista de amenazas de Marcus.

Con un suspiro, encendió el motor y se alejó lentamente, sintiendo la mirada del inspector clavada en él incluso desde la distancia, mientras en su mente se repetían las imágenes de la psicometría: cada movimiento, cada pensamiento, cada intento de Brandt por anticiparlo.

La noche estaba cargada de peligro, y Marcus sabía que la partida apenas acababa de comenzar.

Marcus se detuvo unos segundos en la acera y cerró los ojos.

Cuando los abrió, sus sentidos se agudizaron. Su Auspex despertó como un hilo tenso dentro de su mente. Los sonidos se separaron unos de otros: el motor lejano de un coche, el roce de las hojas en los árboles, el paso de alguien a dos calles de distancia.

Marcus giró la cabeza despacio.

Miró las ventanas oscuras, las sombras entre los coches aparcados, la esquina de la calle.

—Veamos... —murmuró.

Nadie parecía observarlo. Aun así levantó la mano cuando vio un taxi pasar. El coche se detuvo con un chirrido suave.

—¿A dónde? —preguntó el conductor.

Marcus pensó un segundo.

—Conduce unas manzanas. Luego te digo.

El taxi se puso en marcha.

Durante el trayecto, Marcus observó el reflejo de la calle en la ventanilla. Cada cruce, cada coche que aparecía detrás. Cambió tres veces de dirección.

—Ahora gira aquí.

Minutos después pidió otra parada.

—Sigue recto... luego a la izquierda.

La ciudad pasó frente a él en fragmentos de luz y asfalto mojado.

Cuando al fin regresaron al barrio de la mansión, Marcus ya lo tenía claro.

Nadie lo seguía.

El taxi se detuvo frente al portón.

Marcus bajó.

La puerta principal se abrió casi al instante. Winsord apareció en el umbral, impecable como siempre.

—Buenas noches, señor Marcus.

Marcus señaló el taxi.

—La carrera.

Winsord asintió y caminó hacia el coche.

Marcus subió los escalones mientras el mayordomo pagaba al conductor.

Cuando cerró la puerta tras de sí, la mansión volvió a quedar en silencio.

Y Marcus supo que, por ahora, nadie había seguido su rastro.

 

Escena 9: Reencuentro

La noche se apagaba poco a poco sobre Denver cuando todos regresaron a la mansión. Las luces del gran salón estaban encendidas y el fuego de la chimenea iluminaba las paredes de madera oscura.

Uno a uno fueron entrando.

Flash llegó primero, sacudiéndose la lluvia de la chaqueta. Terri apareció después con el portátil bajo el brazo. Marcus ya estaba allí, sentado en uno de los sillones con el ceño fruncido. Emerson permanecía de pie junto al ventanal.

Mónica cerró la puerta tras de sí.

—Bien —dijo—. Pongamos todo en común.

Flash se dejó caer en el sofá.

—Yo tengo algo.

Todos lo miraron.

—El Broadstreet existe. Es un club exclusivo. Solo entras si te invitan.

Emerson cruzó los brazos.

—Eso encaja con lo que encontramos.

Flash continuó.

—El dueño es Edward Williams. Tiene una banda que toca allí. Se llaman Seventh Son.

Marcus levantó la cabeza.

—¿Una banda?

—Sí —dijo Flash—. Williams canta y toca la guitarra solista. Los demás son Jason Dodgerson al bajo, Karen Mauve en la batería, Leslie Boothe con teclados y Leslie Wilkes a la guitarra.

Terri apoyó el portátil en la mesa.

—Yo encontré algo extraño también.

—¿Qué? —preguntó Mónica.

Terri se encogió de hombros.

—En la deep web aparecen referencias a clanes de vampiros.

Flash soltó una carcajada.

—Claro.

—Lo sé —dijo Terri—. Suena ridículo.

Miró sus notas.

—Pero hay uno que aparece muchas veces. Los llaman Nosferatu. Supuestamente trafican con información.

Marcus negó con la cabeza.

—Eso parece sacado de un foro de conspiraciones.

—Exacto —respondió Terri—. Por eso lo tomo con pinzas.

Emerson miró a Mónica.

—Nosotros descubrimos algo sobre Prestor.

Mónica asintió.

—Los vecinos dicen que era un hombre tranquilo. Casi no salía. Apenas tenía visitas.

—Excepto una —añadió Emerson.

Flash se inclinó hacia delante.

—Edward Williams.

—Exacto —dijo Mónica—. Venía en un Jaguar con matrícula personalizada: “SCIENCE”.

El silencio se instaló unos segundos.

Marcus se frotó las sienes.

—Todo vuelve a ese nombre.

Luego levantó la mirada.

—Pero mi problema sigue siendo Brandt.

Flash lo miró.

—El poli.

Marcus asintió.

—Empiezo a pensar que podría ser un cazador.

Terri frunció el ceño.

—¿Un cazador de vampiros?

—Tal vez.

Mónica cruzó los brazos.

—Si es humano podrías usar tus poderes con él.

Marcus negó despacio.

—No lo sé.

—¿Por qué?

—Porque no tengo claro que funcione.

Se levantó del sillón y empezó a caminar por la sala.

—Y hay algo que no entiendo.

Todos lo observaron.

—Si tiene pruebas... ¿por qué no me ha detenido?

Flash se encogió de hombros.

—Tal vez está esperando.

Marcus se detuvo frente a la chimenea.

—¿A qué juega?

Miró a los demás.

—Si me detiene y acabo en chirona... estoy muerto.

Mónica frunció el ceño.

—¿Por qué?

Marcus señaló la ventana, donde la noche empezaba a aclararse.

—Porque cuando llegue el día me sacarán para ir al juzgado.

Nadie habló.

Marcus terminó la frase.

—Y moriré antes de llegar.

El silencio se hizo pesado.

Mónica fue la primera en romperlo.

—Entonces no puede detenerte.

Marcus la miró.

—¿Cómo?

Ella apoyó las manos en la mesa.

—Si estás muerto.

Flash levantó una ceja.

—Eso ya lo está.

—No oficialmente —dijo Mónica—. Podemos falsificar su defunción.

Marcus parpadeó.

—¿Una muerte legal?

—Exacto.

Emerson asintió lentamente.

—Eso sacaría a Brandt de la ecuación.

Antes de que alguien respondiera, Winsord apareció en la puerta del salón.

—Señor Emerson.

Emerson giró la cabeza.

—¿Sí?

El mayordomo habló con su calma habitual.

—Sugiero que cenen.

Flash frunció el ceño.

—¿Cenar?

Winsord inclinó la cabeza.

—La última vez despertaron con hambre. Hubo cierta... tensión.

Marcus recordó el momento y se pasó la lengua por los labios sin darse cuenta.

Winsord continuó.

—He preparado jarras de plata con sangre de caballo. Tal vez sea prudente consumirla ahora, antes de necesitarla mañana.

Emerson asintió.

—Buena idea.

Minutos después Winsord regresó con una bandeja. Sobre ella descansaban cinco jarras de plata.

La sangre oscura brillaba bajo la luz de las lámparas.

El olor llenó la habitación.

Flash fue el primero en coger una.

—Nunca pensé que diría esto...

Bebió un trago.

—Pero esto sienta bien.

Terri tomó la suya con curiosidad científica.

Marcus bebió en silencio.

Mónica dudó un segundo antes de probarla.

Emerson levantó su jarra.

—A nuestra... nueva vida.

Nadie brindó.

Pero todos bebieron.

Cuando terminaron, el cielo comenzaba a aclararse detrás de las ventanas.

Winsord recogió las jarras.

—El amanecer está cerca.

Uno a uno se levantaron.

Subieron las escaleras hacia sus habitaciones.

Y cuando el primer rayo de sol tocó el cielo de Denver, la mansión volvió a quedar en silencio.

 

Tony
Escena 10: El 24th Diocese

La fachada del 24th Diocese brillaba bajo los neones magenta que temblaban entre el humo de los coches. En el aire flotaba un eco metálico de música blues y perfumes baratos. Dentro, las luces estroboscópicas recortaban figuras que se movían con torpeza o deseo; a veces era difícil distinguir ambas cosas.

Tony los esperaba en un reservado del piso superior, medio oculto por cortinas de terciopelo rojo. No estaba solo. A su lado, una joven de cabello cobrizo, Candy, se inclinaba sobre él con los ojos entornados, entregada a una dulzura que no comprendía del todo. Los colmillos de Tony apenas rozaban su cuello. El hilo de sangre que quedó brilló un instante antes de que él lo lamiera con un gesto rápido, casi tierno.

Cuando el grupo se acercó, Tony sonrió sin soltarla del todo.

—Llegáis justo a tiempo. Candy es una delicia —susurró, dejando que la muchacha se recostara, ebria de placer—. No temáis, le queda mucho baile por delante.

Les hizo un gesto para sentarse.

El reservado olía a cuero, vino y algo más profundo, como ozono antes de una tormenta. Tony hablaba con su tono habitual, esa calma que siempre parecía ocultar algo.

—He seguido moviéndome. Las cosas están… delicadas. No hagáis ruido. Nadie debe saber que existís todavía. No sin un Sire.

Los observó uno a uno, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

—Si alguien lo descubre, os borrarían sin pestañear. Y a mí me obligarían a mirar.

Se reclinó, tomó una copa que parecía más sangre que vino.

—Os contactaré mañana por la noche. No hagáis nada estúpido.

Candy, recobrando el sentido, jugueteaba con el collar de Tony, inconsciente de la conversación. Él le acarició la mejilla y la apartó con delicadeza.

Candy miró de reojo a Emerson y le giñó un ojo, y luego a Flash, a Tony no pareció importarle.

Marcus se inclinó un poco sobre la mesa del reservado. La música del local vibraba bajo el suelo, un blues lento que subía desde la pista de abajo. Tony seguía medio reclinado, con la copa en la mano y Candy apoyada contra su hombro.

Marcus habló con cautela.

—Siento aguarte la fiesta, Tony... pero tenemos un problema.

Tony levantó una ceja.

—Sorpréndeme.

—Un inspector de policía —dijo Marcus—. Me sigue por homicidio. Mi... primera comida.

Flash evitó mirar a nadie. Emerson permaneció inmóvil.

Marcus continuó.

—Se llama Brandt. Tiene una orden de detención contra mí.

Tony giró la copa lentamente entre los dedos.

—Sigue.

—Creo que podría ser un cazador de vampiros.

Tony lo miró en silencio unos segundos. Luego soltó una risa corta.

—La típica paranoia del neonato.

Marcus frunció el ceño.

—¿Cómo?

Tony bebió un sorbo.

—Todos pensáis lo mismo al principio. Que los cazadores están en cada esquina. Que todo el mundo quiere mataros.

Se inclinó un poco hacia delante.

—Escucha bien.

La música subió de volumen un instante.

—No debes hacer nada.

Marcus parpadeó.

—¿Nada?

Tony asintió.

—Vuela por debajo del radar.

Apoyó la copa en la mesa.

—Sé sutil. No hagas ruido.

Flash murmuró:

—Eso intento yo.

Tony lo ignoró.

—Si ese policía cree que eres culpable de un homicidio, es un problema humano. No nuestro.

Marcus no parecía convencido.

—Si me detiene...

Tony lo interrumpió.

—Entonces improvisas.

El silencio volvió unos segundos.

Fue Emerson quien habló después.

—Tony.

El vampiro lo miró.

—Dime, banquero.

—Ya que no tenemos Sire...

Tony sonrió antes de que terminara la frase.

—Ah.

Emerson continuó.

—¿Existe la posibilidad de que alguien... nos adopte?

Tony soltó una carcajada abierta que hizo girar a dos clientes de la mesa cercana.

Candy lo miró sin entender.

—¿Adoptaros?

Se secó una lágrima imaginaria del ojo.

—¿Tú adoptarías a cinco niños random que encuentras por la calle?

Emerson guardó silencio.

Tony negó con la cabeza, aún sonriendo.

—Nadie va a hacer eso.

Miró al grupo uno por uno.

—Sois un marrón.

Flash soltó una risa incómoda.

Tony continuó:

—Cada uno de vosotros es una posibilidad de cagarla.

La sonrisa desapareció.

—Y si la cagas, pagas tú... y tu Sire.

Candy

Golpeó la mesa suavemente con un dedo.

—Adoptivo o no.

Terri cruzó los brazos.

—Entonces estamos solos.

Tony alzó la copa otra vez.

—Bienvenidos al mundo real.

Miró alrededor del reservado.

—Mi consejo sigue siendo el mismo.

Señaló hacia la pista de baile, llena de cuerpos y luces.

—No deis la nota.

Candy, ya más despierta, jugaba con el collar de Tony. Miró hacia el grupo con una sonrisa traviesa.

 

Abajo, en la pista, el bajo del rock hacía vibrar los cristales. Emerson Wilkershire III se apartó de la mesa para pedir otra copa. Su abrigo negro, impecable, contrastaba con el caos de cuero y sudor del local. Algunos borrachos lo vieron pasar y uno, con la lengua espesa y la mirada perdida, le gritó:

—¡Eh, señorito! ¿qué hace un caballero andante en un antro como este?

Las risas siguieron. Emerson se detuvo. Se giró despacio.

La luz púrpura le bañó el rostro y, por un segundo, su elegancia se quebró en algo más antiguo y terrible. Los ojos se le tornaron fríos, casi plateados.

El aire se contrajo.

Los hombres dejaron de reír. Uno de ellos soltó la copa sin saber por qué. Otro se llevó la mano al pecho, buscando aire. Emerson no dijo nada.

Solo los miró.

El más joven retrocedió hasta chocar con la barra. El camarero lo observó confundido. Los otros se dispersaron sin entender por qué el pánico los había mordido tan hondo.

Emerson volvió a alisarse el abrigo y regresó al reservado sin una palabra. Tony lo miró con una mueca divertida.

—Bonito truco, caballero. —Sus ojos brillaron un instante, cómplices y peligrosos—. Pero recuerda… demasiada luz atrae sombras. No lo hagas delante de todo el mundo, te podría costar la cabeza.

 

Por un momento, la música pareció detenerse. Afuera, las luces de Denver ardían en la distancia, indiferentes al pequeño infierno que respiraba dentro del Diocese.

Y en la penumbra, Tony volvió a sonreír.

—Nos veremos pronto… si seguimos vivos para contarlo.

 

Bothwell
Escena 11: El ataque

El viento arrastraba polvo y papeles sobre el aparcamiento vacío del 24th Diocese. El eco de los bajos aún vibraba dentro del local, pero la madrugada ya había expulsado a la mayoría de los mortales. El neón parpadeaba sobre los coches aparcados y un perro husmeaba entre las bolsas tiradas junto a un contenedor.

Bothwell los esperaba allí, apoyado en un coche destartalado, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Así que vosotros sois los famosos huérfanos —murmuró, masticando un palillo—. Edward no va a estar contento de veros vivos.

Su voz sonaba ronca, cargada de una falsa calma. Daba la impresión de alguien acostumbrado a pelear. Las venas de su cuello latían con fuerza. No era un anciano, pero se movía con la confianza de quien ha sobrevivido a muchas noches.

Emerson se adelantó, el abrigo negro rozando el suelo.

—¿Y tú quién eres?

Bothwell rió.

—Alguien que no tiene miedo de acabar un trabajo.

Y sin aviso, se abalanzó sobre ellos.

El golpe fue tan rápido que apenas lo vieron venir. Bothwell cruzó el espacio del aparcamiento como una bala. Emerson apenas tuvo tiempo de tensar los hombros antes de que el puño le alcanzara el rostro.

El impacto sonó seco.

El pómulo se hundió. La mandíbula crujió. Emerson salió despedido contra el asfalto y quedó tendido, la cabeza torcida, la cara convertida en una masa torcida de hueso roto y sangre oscura.

Terri dio un paso atrás.

Marcus no miraba al atacante. Miraba algo más. Sus pupilas se dilataron hasta volverse casi negras.

El Auspex le atravesó la mente como un relámpago.

Muerte.

La sensación le golpeó el estómago.

—¡CORRED! —gritó.

No esperó respuesta.

Giró sobre sí mismo y salió disparado hacia la puerta del club.

Empujó a la gente de la entrada y se metió dentro del 24th Diocese con los sentidos abiertos al máximo. El mundo explotó en estímulos. Luces estroboscópicas, música brutal, cientos de voces. El Auspex amplificó todo a la vez.

El bajo le atravesó el cráneo como un martillo. Las luces blancas le quemaron la retina. El olor de sudor, alcohol y sangre humana se mezcló en una nube insoportable.

Marcus se quedó ciego y luego sordo.

Tropezó con un grupo. Alguien lo empujó. Otro lo insultó. Las manos chocaban contra su cuerpo desde todas direcciones.

Intentó concentrarse. Tony. Tenía que encontrar a Tony. Pero el ruido le rompía la cabeza. No podía hacer nada. Solo aguantar entre empujones, esquivas y cuerpos sudorosos hasta que sus sentidos dejaran de arder.

Fuera, la pelea continuaba.

Flash reaccionó tarde. Demasiado tarde.

Bothwell ya había derribado a Emerson cuando él agarró las llaves del coche de Terri.

—Me piro —murmuró.

Y echó a correr.

La sangre vampírica ardió en sus venas.

Celeridad.

El mundo se volvió lento.

Sus piernas golpearon el asfalto a una velocidad imposible. Recorrió el aparcamiento como una flecha, doblando la esquina hacia donde habían aparcado.

Terri seguía frente al atacante.

Tensa.

Bothwell la miró con una sonrisa macabra.

—Uno menos —dijo, señalando a Emerson con la barbilla.

Monica se adelantó un paso y sus ojos buscaron los de él.

La voz salió suave, firme, cargada de poder.

—Vete.

Bothwell la miró fijamente.

—Déjanos en paz.

Durante un segundo pareció que el tiempo se detenía.

Luego el vampiro soltó una carcajada.

—Bonito intento.

No funcionaba. No era un humano.

Terri sintió la tierra bajo sus pies. La grava, el polvo. Algo profundo respondió. Su cuerpo se hundió antes de que ella misma comprendiera lo que ocurría. La grava se abrió como agua negra y la tragó.

Bothwell frunció el ceño.

—¿Qué demonios...?

Terri emergió a su espalda.

Las garras surgieron de sus dedos y atacó.

El zarpazo rasgó la gabardina del vampiro y abrió la tela de arriba abajo.

La piel debajo apenas mostró un arañazo. Bothwell ni siquiera se volvió.

Emerson se movió entonces. El dolor y la sangre lo empujaron al frenesí. Se lanzó contra el atacante con un gruñido animal y clavó los colmillos en su cuello. Los dientes chocaron contra algo duro como la piedra.

Bothwell lo agarró por el abrigo y lo apartó de un tirón.

—¿Eso es todo?

Terri volvió a atacar.

Sus garras buscaron el cuello.

Clavó el golpe con toda su fuerza, pero nada. Era como arañar un muro.

Probó con los ojos. El vampiro ni siquiera parpadeó.

Monica permanecía quieta. Bloqueada. No sabía qué hacer.

El rugido de un motor rompió el momento.

Flash apareció derrapando.

El coche entró en el aparcamiento como un misil.

—¡Apartaos!

Pero nadie tuvo tiempo.

El coche golpeó el grupo entero. El impacto lanzó cuerpos por el aire. Bothwell rodó por el asfalto. Terri salió despedida contra el capó. Monica cayó sobre la grava.

Emerson ya estaba en el suelo, pero el coche lo empujó varios metros más.

El vehículo frenó con un chirrido brutal. La puerta del copiloto se abrió de golpe. Flash asomó medio cuerpo fuera.

—¡ENTRAD!

Monica fue la primera en reaccionar. Cojeaba, pero consiguió meterse dentro.

Terri se levantó con un gemido, agarró a Emerson por el abrigo y lo arrastró hasta el coche.

—Ayúdame —gruñó.

Entre los dos lo empujaron dentro.

En ese momento Marcus salió tambaleándose del club. La vista le volvía poco a poco.

—¡Eh! —gritó—. ¡No os vayáis sin mí!

Flash golpeó el volante.

—¡Corre!

Marcus llegó al coche y se lanzó al asiento trasero justo cuando Flash levantaba la vista hacia el retrovisor.

Bothwell se estaba levantando. Despacio. Tenía la gabardina rota. La espalda cubierta de arañazos.

Pero de pie.

Flash apretó los dientes.

—Ah, ¿sí?

Pisó el acelerador.

El coche rugió y volvió hacia él. Bothwell apenas tuvo tiempo de girarse.

El coche lo atropelló. Las ruedas pasaron por encima de su cuerpo con un golpe sordo.

Flash no frenó. El vehículo salió disparado hacia la salida del aparcamiento.

En el retrovisor, Bothwell se movía. Primero un brazo, luego una rodilla. Después el vampiro se incorporó lentamente. Herido, humillado, pero vivo.

Flash sonrió al espejo.

Los colmillos asomaron entre sus labios.

—Chicos...

Aceleró más.

—Poneos los cinturones.

Miró la carretera que se abría ante ellos.

—No vaya a ser que muráis.