Capítulo 3: Nueva No-vida

 

Hambre

no-humana

Cuando el hambre inmortal devora tu alma

   


  Capítulo 3: Nueva No-vida

 


Arnold Flash Simpson, La Vieja Gloría
Celeridad en las calles

El aire nocturno sabía diferente. Más denso. Más vivo. Flash caminaba sin rumbo por los callejones traseros del centro, donde solía moverse de joven. Farolas parpadeantes, neón difuso, y los murmullos sordos de la ciudad decadente. El mismo sitio de siempre, pero él… no era el mismo.

Notaba cada sonido con nitidez quirúrgica: el crujido de un papel al viento, el zumbido de un motor lejano, incluso el corazón de un gato callejero que se escabullía entre los cubos de basura. Todo le vibraba bajo la piel.

Y entonces, lo sintió. Alguien lo seguía. Se giró.

Dos tipos. Mal aspecto. Uno llevaba una palanca, el otro una navaja. Viejos conocidos de otro tiempo. “Flash” los conocía. Uno era "Chino", un ex camello de su barrio. El otro, “Lou el Largo”, un imbécil con delirios de mafioso.

—Simpson… —dijo Lou con una sonrisa torcida—. Se rumorea que andas con pasta. Que te va bien. Quizá quieras compartir con los viejos amigos.

Flash retrocedió un paso, aunque por puro reflejo. No sentía miedo. Sentía algo… distinto. Un calor hirviente en el pecho. Un hambre de acción.

Lou se abalanzó con la navaja.

Flash pestañeó.

Y Lou ya estaba en el suelo, sin entender cómo. La palanca de Chino voló por los aires. Flash la había arrancado de sus manos y la sostenía ahora como si fuera de goma. Se quedó mirándola, maravillado.

—¿Qué… coño…?

No esperó. Con un movimiento instintivo, se deslizó entre los dos hombres y apareció detrás de ellos. Ellos ni siquiera habían reaccionado. Era velocidad pura, inhumana, como si el mundo se moviera a cámara lenta y él tuviera el control del mando.

Su cuerpo rebosaba energía. Podía sentir cómo la adrenalina se mezclaba con otra cosa más oscura. Más profunda.

—No me sigáis —dijo. No lo gritó. Lo dijo con una voz grave, nueva, que vibró en sus pechos como una orden.

Y desapareció en la noche.

Una hora después, estaba frente a un escaparate. Se miraba buscando su reflejo inexistente… ¿dónde estaba su imagen?

Sacó su móvil. Dudó. Pensó en llamar a Terri.

Pero en lugar de eso, sonrió.

—Flash ha vuelto —murmuró.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía que correr. Ahora, el mundo tendría que alcanzarlo a él.

  

Emerson Wilkershire III,
Empresario de Éxito
Presencia en la autopista

El rugido del Corvette cortaba la noche como un cuchillo de plata. El motor vibraba con furia contenida, y Emerson conducía sin rumbo, sin destino. Solo. Por primera vez en años, no sabía a dónde iba.

La noche parecía distinta.

No solo más oscura, sino más densa. Llena de posibilidades. De peligro.

Luces. Una gasolinera a la derecha, desierta salvo por un único neón parpadeante y un joven rellenando estanterías tras el cristal.

Emerson frenó. Descendió con la elegancia de quien jamás ha conocido la duda. Llevaba puestos unos guantes de cuero, un abrigo entallado, y sus pasos resonaban sobre el asfalto como si todo el mundo tuviera que oírlos.

Al tomar el surtidor, tres figuras cruzaron la carretera desde la oscuridad.

Ropa holgada. Pasamontañas. Uno llevaba una navaja en la mano. Otro silbaba, burlón.

—¿Bonito coche, amigo? —dijo el del medio—. ¿Por qué no nos das las llaves y evitamos un susto?

Emerson los miró. Alto, recto, impecable. 

Sintió algo. Como un rumor en la sangre. Un instinto nuevo.

No pensó. Actuó.

—Amigos —dijo, sonriendo con una calidez sedosa—. No tengo una buena noche, no queréis meteros conmigo... más bien al contrario

Algo cambió.

Los tres se quedaron quietos. El del cuchillo bajó la mirada, el silbido del segundo se apagó como una vela en el viento.

El del medio dio un paso al frente, confundido. 

—Sí... claro... no, o sea... quizás... ¿quiere que le limpiemos el coche?

Y el matón empezó a limpiar el parabrisas con la manga de su gabardina.

Emerson inclinó la cabeza. Disfrutó del momento. Demasiado.

Y entonces, cambió el juego.

Sonrió. Pero ya no con calidez.

Los ojos le brillaron y se le erizó el pelo de la nuca. Mostró unos colmillos enormes. Esta vez no era un truco de actor. Era la bestia tomando el control.

—Huid —susurró.

El del cuchillo gritó. El del medio cayó de rodillas. El tercero echó a correr sin mirar atrás, tropezando consigo mismo.

El silencio regresó con el eco de sus pasos alejándose.

Emerson respiró hondo, aunque no lo necesitaba. Guardó los colmillos. Miró sus manos, aún enguantadas.

Pagó con un billete de cien, que el chico de dentro tomó sin decir una palabra con las manos temblorosas. Había visto todo. Y no lo olvidaría jamás.

No si Emerson no quería.

Subió de nuevo al Corvette. 

Encendió el motor y sonrió con tristeza. Ya no era un hombre pero era algo mucho más peligroso y estaba empezando a gustarle.

 

Theresa Harper, Terri,
Profesora de Química y Empresaria
Animalismo en casa

No encendió la luz. No la necesitaba. Parpadeó.

Sus ojos iluminaron la habitación con un resplandor rojo tenue, como brasas vivas. Todo a su alrededor cobró una nitidez inhumana: las grietas en la pared, las pelusas bajo la mesa, el polvo flotando en el aire.

—Interesante —susurró.

Un crujido. Una figura menuda se deslizó por la ventana entreabierta. Un gato. El de la vecina.

Saltó al suelo con un bufido.

Terri se quedó quieta. Lo observó. Él la miró con las orejas bajas, el lomo arqueado.

—Tranquilo —dijo.

El animal no se movió.

Terri dio un paso. Luego otro.

—Habla. ¿Por qué me escuchas? ¿puedes ayudarme? ¿entiendes que me sucede?

El gato ladeó la cabeza abrumado. Su boca no se movió, pero su voz le llegó, clara como un pensamiento.

—No eres humana.

—No —respondió ella.

—Apestas a hambre.

—Sí.

El gato retrocedió un poco.

—Podría correr.

—Podrías.

Silencio.

—Pero no lo harás.

—No.

Se agachó. Él no huyó. Se dejó acariciar. Ronroneó.

—¿Cómo te llamas?

—Mishka.

—Buen nombre.

A pesar de su hambre Terri, dejó ir al animal. Sabía que si se aceraba a él, algo iría mal para el felino.

Se incorporó despacio con la mirada encendida.

Había cosas nuevas que entender.

Y tenía toda la eternidad para aprender.

 


Monica Belhurst,
Ayudante del Fiscal del Distrito
Dominación con el de Amazon

El timbre sonó. Mónica alzó la vista del libro y se levantó. El mundo se sentía extraño. Más nítido. Más afilado. Más obediente.

Abrió la puerta.

Un repartidor de Amazon, joven pelirrojo con pecas y con ojeras de soplillo, sostenía un paquete fino.

—¿Mónica Belhurst?

—Sí.

—¿Firma aquí?

Ella no lo miró al bolígrafo. Lo miró a él. A los ojos. Sintió el tirón, ese lazo invisible que acababa de descubrir.

—Entra —dijo.

El chico parpadeó. Obedeció.

Sin dudar. Sin pensar.

Mónica lo sintió como un latido. Un click invisible en la mente del joven.

Él cruzó el umbral y se quedó allí, con el paquete en las manos.

—Siéntate.

El chico se dejó caer en el sillón.

Ella lo rodeó despacio. Escuchó su respiración, su pulso, su olor. Podía escuchar el tic del reloj en la cocina. El zumbido del refrigerador. Su corazón.*

—Ábrelo —ordenó ella.

El joven lo hizo, era un libro de derecho romano.

—Dámelo

El joven le tendió el libro sin parpadear, como hipnotizado.

Ella sonrió. Le acarició el cabello como a un niño.

—Olvida.

Él parpadeó.

—Sal.

Se levantó, torpe pero obediente, y salió sin decir nada.

La puerta se cerró sola tras él. Mónica apoyó la frente en la madera. No le temblaban las manos. No se sentía culpable.

Se sentía viva. Más que nunca.

El libro seguía en el suelo, como una ironía. Lo recogió. Lo dejó sobre la mesa.

La justicia, las leyes… todo eso eran juegos humanos.

Ahora tenía un poder más antiguo. Más peligroso.

Uno que se ejecutaba con una sola palabra.

Y el mundo estaba preparado para escucharla.

 

Marcus Smith-Kearns,
El FRIKI
El Auspex de Marcus

Silencio.

No el de siempre. No el cómodo y elegido. Era otro. Un silencio vibrante, lleno de ecos lejanos, como si cada objeto de la habitación tuviera un murmullo propio. Marcus cerró los ojos.

Oído. 

Oyó pasos. Muchos. Personas caminando sobre la acera, tres pisos más abajo. Un insecto arrastrándose bajo la nevera. El leve zumbido de un teléfono vibrando en otro apartamento. Respiraciones. Susurros. El mundo se había vuelto ruidoso. Se puso de pie.

Vista. 

Miró la lámpara apagada. Veía. Cada mota de polvo flotando en la oscuridad, las vetas de la madera del suelo, la textura minúscula de las páginas abiertas de un libro que había olvidado leer. Las luces lejanas de la ciudad eran ahora detalles nítidos. En un edificio frente al suyo, un hombre discutía por teléfono. Podía leer sus labios. Se estremeció.

Olfato. 

Giró la cabeza. Cerró los ojos. Aspiró.

El sudor seco sobre su ropa. El jabón que usó esa mañana. El aroma antiguo de los libros. Paredes, muebles, alfombra. Podía oler su historia.

Y algo más.

Sangre. 

Alguien, en el piso de abajo, se cortaba las uñas. Lo sabía. Lo sentía.

Gusto. 

Fue hasta la cocina. Abrió un cajón. Tomó un viejo tenedor. Lo lamió.

Metal.

Pero detrás del sabor frío, había algo más. Su lengua captaba rastros imperceptibles: el curry de hace dos noches, el amargo de la lejía con la que limpió. Tragó saliva. La notó espesa.

Tacto. 

Rozó la pared con la yema de los dedos. Sintió la pintura, la rugosidad del yeso. Más allá. Percibía el calor que emanaba del otro lado. El zumbido eléctrico de los cables tras el revestimiento. El temblor sutil del edificio.

Se quedó quieto. Estaba... demasiado vivo. Demasiado.

Respiró hondo, aunque no lo necesitaba. Se sentó en el suelo.

—No es una maldición —murmuró—. Es... un nuevo instrumento.

Una vibración suave le recorrió la espalda. Una corriente. El mundo tenía forma. Sonido. Textura. Lo entendía, por fin, y por eso le asustaba.

Había entrado en otra realidad.

Una para la que siempre estuvo más preparado que los demás.

 

Inspector William Brandt
En el punto de mira

El inspector Brandt permaneció dentro de su coche, oculto bajo la sombra de un árbol desnudo. La lluvia fina resbalaba por el parabrisas y deformaba las luces anaranjadas de la calle. Marcus había salido del edificio hacía unos minutos. Caminaba con paso irregular, el cuello del abrigo alzado, las manos en los bolsillos. Llevaba una mirada hueca, como si en lugar de andar, arrastrara el peso de algo que no terminaba de soltar.

Brandt lo observó sin moverse, sin pestañear. En el asiento del copiloto, una carpeta abierta mostraba las fotos del incendio, los informes de los testigos, las declaraciones de la novia —Jennifer Callahan—.

“Me dijo que me dejaba porque no quería hacerme daño”, había repetido ella entre sollozos. Una frase sencilla. Y sin embargo, algo en ella olía mal.

Brandt sacó un cigarrillo, lo giró entre los dedos sin encenderlo.

—No quería hacerte daño —murmuró—. Qué caballeroso.

Apuntó algo rápido en su libreta: “Patrón emocional. Culpa o control.”

Dejó que la frase flotara un instante en el aire, igual que hacía siempre. En su cabeza, las piezas empezaban a moverse.

Marcus dobló la esquina y entró en un callejón. Brandt salió del coche y lo siguió a pie, el sonido de sus botas apagado por el asfalto húmedo.

Se detuvo a distancia prudente, detrás de un contenedor. Marcus arrojaba algo al río. Un bulto oscuro, una bolsa que se hundió con un golpe sordo. Brandt tomó nota sin dejar de mirar.

—¿Te gustan los animales, Marcus? —susurró para sí. La pregunta no tenía sentido, y aun así encajaba en su modo de pensar. En la escena del crimen, la vecina muerta tenía un perro. El perro blanco. Nadie lo había visto desde entonces.

El inspector se permitió una sonrisa leve, apenas un pliegue de satisfacción. No era una sonrisa amable.

Regresó al coche y encendió el motor. Antes de arrancar, volvió a mirar las fotografías. La anciana muerta. La casa ardiendo. Los supervivientes del secuestro. Todos conectados de una forma que aún no lograba explicar.

—Demasiadas coincidencias —dijo, dejando que el humo del cigarrillo formara espirales en el aire—. Y los monstruos siempre creen que nadie los ve.

Guardó la carpeta en el asiento trasero y arrancó el coche, con la certeza de que Marcus no tardaría en volver a cruzarse con él.

Y la próxima vez, lo atraparía con las manos manchadas, no de culpa… sino de sangre.

 

Tony
El Ángel Tony

El goteo constante del agua marcaba el paso del tiempo en la estación olvidada. Las luces de emergencia parpadeaban, proyectando sombras largas sobre los raíles oxidados. Entre columnas de hormigón cubiertas de hollín, Tony estaba apoyado con aparente despreocupación, parecía que aquel lugar le perteneciera desde siempre.

—Bueno —dijo Tony—. Contadme quiénes sois... y qué creéis que sois ahora.

Nadie respondió de inmediato. El silencio se espesó hasta que Flash se encogió de hombros.

—Estamos jodidos —dijo—. Eso es lo que somos.

Tony ladeó la cabeza, interesado.

—Eso ya lo veo —dijo Tony—. Quiero saber por qué.

Mónica dio un paso al frente, con el abrigo bien cerrado.

—Nos hicieron esto —dijo—. No sabemos quién.

Por primera vez, Tony frunció el ceño.

—No tenéis Sire. Mal asunto —dijo.

—¿Sire? ¿Tan grave es? —preguntó Terry.

—Tener Sire ya es una mierda —respondió Tony—. No tenerlo es peor. Nadie responde por vosotros. Nadie os enseña. Nadie os protege. Y ahí fuera hay vampiros a los que no les gustan los recién nacidos sin collar.

—¿Quién eres tú exactamente? —preguntó Marcus.

Tony ni siquiera lo miró.

—No importa —dijo Tony.

—¿Cuántos años tienes? —insistió Emerson.

Tony esbozó una leve sonrisa.

—Preguntas inútiles —dijo—. Vamos a lo que importa.

Se sentó en el borde del andén.

—¿Seguís intentando conservar vuestras vidas humanas?

Mónica bajó la mirada.

—Tengo marido. Trabajo. Una vida —dijo.

Tony soltó una breve risa seca.

—Estáis perdiendo el tiempo —dijo Tony e hizo una pausa— Los años ya no significan nada para vosotros. Si no la cagáis, vais a vivir siglos. Tenéis que empezar a pensar así.

—No podemos simplemente abandonar todo —dijo Terry.

—Claro que podéis —respondió Tony—. Y lo haréis. La cuestión es cuánto vais a sufrir antes.

—Vale, maestro —dijo Flash—. Enséñanos algo útil.

Tony asintió.

—Curso intensivo —dijo—.

—El fuego y el sol os matan. No es una forma de hablar.

—Las estacas en el corazón no os matan, pero os dejan ahí, conscientes, sin poder moveros. Os podéis morir de hambre.

Se encogió de hombros.

—Si me dan a elegir entre fuego o morirme de hambre, elijo el fuego.

—¿Hambre? —preguntó Marcus.

Tony lo miró directamente.

—Coméis gente —dijo Tony.

El silencio cayó de golpe.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Mónica en voz baja.

—Que bebéis sangre humana —respondió Tony—. Viva.

La miró fijamente.

—Yo he descubierto que puedo controlar la mente de los demás... —confesó Mónica recordando la mirada de cordero degollado del repartidor de Amazon.

—Dominación... no es convencer. Es imponer. Puedes decirle a alguien que se vaya... y se irá sin saber por qué. Puedes decirle que todo está bien... y lo creerá.

Mónica tragó saliva.

—¿Y el precio? —preguntó.

—Siempre hay uno —dijo Tony.

—¿Hay algo peor que el hambre? —preguntó Emerson.

Tony asintió lentamente.

—Beber tres veces de la sangre de otro vampiro —dijo—. Eso te ata a él como si fuera lo más importante de tu vida. Amor, devoción, obediencia. No lo hagáis. Nunca.

—¿Y la humanidad? —preguntó Terry—. ¿Se puede recuperar?

Tony se encogió de hombros.

—A veces —dijo—. Cuando se muere tu sire, algunos Vástagos retornan.

Hizo una breve pausa.

—Mala suerte. A vosotros no os ha pasado.

—Entonces... ¿por qué nos ayudas? —preguntó Flash.

Tony sonrió, sin calidez.

—Curiosidad —dijo—. La vida eterna te acaba aburriendo.

—¿Conoces a un tal Prestor? —preguntó Marcus.

—No —dijo Tony.

Se incorporó y se ajustó el abrigo.

—No llaméis la atención —añadió—. Si veis a otro vampiro, largaos. Hay una jerarquía en Denver. Yo estoy fuera. No sé dónde encajáis vosotros.

Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo.

—Me moveré un poco —dijo—. Veré qué se dice de vosotros.

—Dentro de dos noches, en el 24th Diocese.

—Un garito nocturno. Mi territorio.

Los miró uno a uno.

—Sed buenos —dijo Tony.

Luego se perdió entre las sombras del túnel, dejando tras de sí el eco de sus palabras… y una noche mucho más larga de lo que esperaban.

 

El Refugio
Solos

La estación quedó en silencio cuando Tony se perdió en el túnel. El eco de sus pasos tardó en apagarse. Un tren inexistente suspiró en algún lugar bajo la ciudad y el agua cayó desde una grieta, golpeó el carril y se rompió en gotas negras.

Flash fue el primero en moverse. Dio una patada a una lata aplastada y la envió contra el muro.

—Genial —dijo Flash—. Ya no hay profe.

Emerson se apoyó en una columna. La luz roja de emergencia le partía el rostro en dos.

—No pienso fingir mi muerte —dijo Emerson—. Me gusta mi vida. Mis obras, mis contactos, mi casa. No voy a quemarlo todo porque un tipo raro diga que toca hacerlo.

Marcus sacó el móvil, lo miró sin desbloquearlo y volvió a guardarlo.

—Yo voy a desaparecer —dijo Marcus.

Alzó la vista.

—Si me dan por muerto y me ven por la noche, se harán preguntas. No quiero tener que mentir cada noche.

—Eso —dijo Flash—.

Se pasó la mano por el flequillo.

—La calle no perdona a los fantasmas que regresan. Mejor desaparecer durante el día. Yo sigo el mismo plan. Tengo un nombre, mismos bares, mismas caras. Los contactos nocturnos no preguntan demasiado.

Emerson chasqueó la lengua.

—Eso es huir.

—Eso es sobrevivir —respondió Flash.

Terri se sentó en el borde del andén. Sus zapatos tocaron la grava.

—Pediré la baja —dijo Terri—. La universidad no hará ruido al principio.

Levantó un dedo y miró a Flash.

—La empresa se disuelve con papeles y reuniones. Le venderé a Jurgen nuestras partes, aceptará. Flash, tu y yo nos liberamos.

—¿Y tú? —preguntó Emerson.

—Yo ordeno el desastre —respondió Terri—. Luego me marcho.

Mónica permaneció de pie, apartada. Tenía las manos cruzadas bajo el abrigo. Miró los raíles, luego al grupo.

—Vincent no entenderá nada —dijo—.

Respiró hondo.

—Le diré que necesitamos tiempo. Que me voy a casa de Emerson.

Emerson alzó las cejas.

—¿Mi sofá?

—Tu habitación de invitados —dijo Mónica—.

Lo miró a los ojos.

—Eres mi amigo. Le diré que eres gay. Nadie sospechará.

—¿Y el trabajo? —preguntó Flash.

—Diré que estoy enferma —dijo Mónica—. No es mentira. No puedo soltarlo todo hoy.

Marcus ladeó la cabeza.

—¿No es peligroso?

—Todo lo es —respondió Mónica.

Apretó los labios.

—Si corto de golpe, Vincent vendrá a buscarme. Prefiero guiarlo lejos.

El agua volvió a caer. Una gota salpicó el zapato de Flash.

—Entonces queda así —dijo Flash—. Tres sombras que siguen de noche, una baja médica y una mudanza discreta.

—Y no debemos llamar la atención —dijo Terri.

—Eso es —confirmó Marcus.

Emerson se separó de la columna.

—Dos días —dijo—. En el garito de Tony.

Sonrió sin humor.

—Veremos si el curso vale la entrada.

Mónica miró el túnel por el que Tony había desaparecido. La luz parpadeó y volvió.

—Tenemos un plan —dijo—.

Bajó la voz.

—Vamos allá.

Un ruido lejano cruzó la estación. El grupo se dispersó entre sombras y columnas. Cada cual tomó una salida distinta, con el mismo objetivo clavado en la noche: llegar vivo al siguiente encuentro.

Emerson se aclaró la garganta antes de que nadie diera un paso hacia el túnel.

—Podéis quedaros en mi mansión —dijo Emerson—. Habitaciones de sobra, silencio y naie hará preguntas.

Flash sonrió.

—Eso suena a vacaciones en el palacio.

—Y normas —añadió Emerson. Alzó un dedo—. Windsor lleva allí más tiempo que yo.

Miró a cada uno.

—No es un sándwich. Tampoco ninguno de mis caballos. Son todos pura sangre.

Terri soltó una breve risa.

—Queda claro.

—Habrá sangre —continuó Emerson—, pero no la suya. Windsor se encarga de todo y no quiero sustos.

Marcus asintió.

—Dormiremos de día. Entraremos y saldremos de noche.

Mónica se ajustó el abrigo.

—Agradezco el refugio.

Emerson dio media vuelta hacia la salida.

—Entonces queda decidido —dijo—. Mi casa es segura. Y Windsor sigue respirando.

Flash levantó las manos.

—Prometido. Nada de morder al servicio.

La estación volvió a quedar en silencio cuando emprendieron el camino, con la promesa de un techo y una regla clara marcando el rumbo.

Terri sostuvo la mano de Emerson bajo la lámpara del túnel. El rasguño cruzaba la piel limpia, rojo y poco profundo. Ella abrió su botiquín, sacó gasas, alcohol, sutura.

—Es una tontería —dijo Emerson—. Ni me duele.

Terri limpió la herida. Esperó. Nada cambió. Repitió el gesto, más despacio. El corte seguía ahí, igual de abierto.

—El agua oxigenada debería reaccionar —murmuró—. No sangra bien. No reacciona.

Marcus observaba desde la pared, brazos cruzados.

—Prueba otra vez —dijo.

Terri negó con la cabeza.

—No es cuestión de técnica.

Emerson retiró la mano. La miró con fastidio. Cerró los ojos. El gesto se tensó en su rostro.

El corte se movió.

La piel vibró. La sangre acudió desde dentro y selló el rasguño en un latido. La carne quedó lisa.

Emerson abrió los ojos. Inspiró. Sus colmillos bajaron, largos, blancos.

—Vale... —dijo—. Eso no lo he decidido yo.

Llevó la mano al pecho. Trago seco. Mirada fija.

—Tengo hambre.

Marcus ya caminaba hacia la escalera de servicio.

—Venid.

El metro rugió al fondo del túnel. Luces blancas cortaron la oscuridad. Terri alzó la mano para cubrirse el rostro y dio un paso atrás.

—No puedo ver —dijo—. Joder... no puedo.

Marcus avanzó entre las sombras del andén abandonado. Se agachó junto a la pared, levantó una rejilla y esperó. Un chillido breve. Luego otro. Volvió con un puñado de ratas que aún se movían.

Emerson apartó la cara.

—No.

Marcus los dejó en el suelo.

—Sí.

El metro pasó. El estruendo se alejó. Terri volvió a respirar con calma.

Emerson se arrodilló. Tardó un segundo. Bebió, cerró los ojos. Cuando se incorporó, los colmillos habían desaparecido. Sus hombros bajaron un poco.

—Es asqueroso —dijo—. Pero ahora... ahora puedo pensar.

Marcus limpió sus manos en la pared húmeda.

—Hasta que encontremos algo mejor —respondió—, esto es lo que hay.

 

Winsord Martin,
Mayordomo de Emerson
La bestia bajo la seda

La mansión de Emerson se alzaba entre los pinos como un templo moderno. Los ventanales reflejaban la luna, y el viento arrastraba el olor a lluvia sobre el bosque. Dentro, el mármol relucía bajo una luz cálida que apenas lograba disimular la incomodidad del grupo.

Winsord Martin los recibió en la entrada. Su presencia imponía sin esfuerzo. Traje negro, guantes blancos, una calma que parecía ajena al mundo.

—Señores —dijo con una leve inclinación—, el señor Emerson los espera en el salón principal.

Terri fue la última en entrar. El mármol frío bajo los tacones, el eco de su propio pulso. Sintió la casa respirar. La elegancia de los cuadros, los aromas, los pasos medidos de Winsord. Todo demasiado perfecto para lo que ellos eran ahora.

Emerson los esperaba junto a la chimenea, copa en mano.

—Esta casa es segura. Nadie vendrá aquí. Ni policía, ni curiosos.

—¿Y tu mayordomo? —preguntó Flash—. No parece del tipo que guarda secretos.

Emerson sonrió.

—Windsor ha servido a mi familia desde antes de que yo naciera. Sabe guardar silencio.

Winsord inclinó la cabeza.

—El señor Emerson exagera. Solo cumplo mi deber.

Terri lo observó un segundo más de lo necesario. Había algo en su forma de mirarlos. Demasiado atenta, demasiado curiosa.

Invitados en la mansión de Emerson y Winsord Martin, Mayordomo de Emerson está en todo.

Una mansión de lujo en Denver, rodeada de pinos y con vistas a las Montañas Rocosas. Fachada de piedra y cristal, amplios ventanales, techos altos y luz natural en cada estancia. Piscina climatizada, gimnasio, bodega subterránea y garaje para varios vehículos. En su interior, arte moderno, chimeneas de mármol y una sensación serena de poder.

Winsord Martin era un mayordomo de porte impecable, hombre mayor, alto, delgado y de cabello plateado peinado hacia atrás. Su voz, grave y serena, infundía respeto sin esfuerzo. Vestía siempre traje negro y guantes blancos. Anticipaba cada necesidad antes de que se expresara: copas servidas a la temperatura exacta, cenas dispuestas con precisión milimétrica, aromas sutiles flotando en el aire. Todo bajo su control parecía armonía y elegancia.

Emerson llamó a Winsord al despacho. El mayordomo apareció sin hacer ruido, recto, atento.

—Vamos a necesitar otro tipo de alimento —dijo Emerson.

Winsord inclinó levemente la cabeza.

—Sangre.

No hubo sorpresa en su rostro.

—Por la mañana vendrá la veterinaria —respondió—. Revisará las pezuñas de los caballos. Le pediré plasma suficiente para todos. Yo me ocupo.

Marcus frunció el ceño de inmediato.

—¿Así de fácil? —dijo—. ¿Te parece normal?

Flash tampoco apartaba la mirada del mayordomo. Algo en aquella calma le resultaba incómodo.

Emerson, en cambio, se encogió de hombros.

—Claro que lo es. Winsord es de la familia. Esto es su trabajo... y su razón de existir. Es un profesional.

Winsord asintió una vez más, como si se hablara del menú del día, y salió del despacho sin añadir una palabra. Marcus siguió mirándolo hasta que la puerta se cerró, con la sensación de que algo acababa de cruzar una línea invisible.


Horas después, la noche pasó al día y la casa dormía. O eso parecía. Terri caminó por el pasillo superior, descalza, siguiendo un ruido que venía del ala este. Un roce metálico, un susurro.

Giró una esquina y lo vio: Winsord estaba de pie ante una puerta entreabierta, hablando por teléfono en voz baja.

—Sí, inspector Brandt... están aquí. Todos. No, el señor Emerson no sospecha.

Terri se quedó helada.

El mayordomo se giró de golpe.

—Señora Harper…

Sus ojos se cruzaron. El instinto habló antes que la razón.

Terri sintió un ardor recorrerle los brazos. La piel se tensó, y de debajo de las uñas surgieron garras negras, curvadas, vivas. No dolían. Era como si hubieran esperado toda su vida para salir.

Winsord retrocedió, aterrado.

Terri lo empujó contra la pared. Las garras hundieron la madera como si fuera manteca.

—¿Con quién hablabas? —susurró ella.

El mayordomo trató de hablar, pero la voz se le quebró.

Terri sintió el olor de su miedo, tan fuerte que la Bestia rugió dentro.

Terri poseída por la bestia apartó lanzo un zarpazo a Winsord y lo desgarró de abajo a arriba y cayó como un guiñapo, la sangre salpicó la cara de ella que bebió del cadáver sin pudor.

 

Terri se incorporó de golpe.

El grito se ahogó en su garganta. El cuarto estaba en penumbra, solo una franja de luz lunar se colaba entre las cortinas. Respiró hondo. El aire tenía un sabor metálico, denso, como si acabara de llover sangre.

Miró a su alrededor. La habitación de invitados de la mansión de Emerson era amplia y ordenada, pero algo no encajaba. Las sábanas estaban destrozadas. Rajas profundas, como hechas por un animal.

Terri alzó las manos.

Las uñas habían cambiado. No eran uñas. Eran garras. Oscuras, curvadas.

Intentó calmarse, cerrando los puños. Las garras se retrajeron despacio, como si obedecieran un deseo oculto. La piel quedó limpia, perfecta, sin rastro de herida.

Se levantó del colchón, temblando. Las sábanas colgaban a jirones. El espejo frente a la cama le devolvió una imagen que no reconocía. El cabello revuelto y los ojos rojos encendidos.

“Ha sido un sueño”, pensó.

Pero el sueño no podía rasgar la tela. Ni dejar marcas en la madera del cabecero.

La puerta se abrió un poco.

—¿Terri? —la voz de Emerson sonó desde el pasillo—. ¿Todo bien? He oído ruido.

Ella no respondió. Se quedó mirando sus manos, aún temblorosas.

Luego, con voz apenas audible:

—No... no lo sé.

Emerson entró, descalzo, en bata. Vio las sábanas, las marcas, el espejo. Su rostro cambió.

—Ya ha empezado —dijo.

Terri lo miró sin entender.

—¿Qué ha empezado?

Emerson no respondió. Se acercó al ventanal y apartó la cortina. Afuera, la luna aún brillaba.

—La Bestia —murmuró—. Ya la has sentido.

Winsord llego para preguntar si necesitaban algo y Terri le lanzó una mirada de temor…

 

La noche siguiente los arrancó del sueño un mismo tirón en la garganta. Marcus abrió los ojos con un chasquido húmedo entre los labios. Los colmillos le rozaron el labio inferior. El estómago le dolía, vacío y feroz.

En el pasillo ardían las lámparas. Winsord aguardaba allí, inmóvil, con una mesa dispuesta. Jarras de plata alineadas, llenas hasta el borde. El olor los arrastró sin palabras.

Terri fue la primera en beber. La plata tintineó contra sus dientes. Emerson la siguió, con las manos temblando. Flash alzó la jarra y no respiró hasta vaciarla. Monica no levantó la vista; bebió con la cabeza baja, la sangre marcándole el mentón.

Marcus tardó un segundo más. Probó. El líquido estaba frío, denso. Tragó. Volvió a beber. El hambre cedió, pero no se apagó del todo.

—No es lo mismo —murmuró, dejando la jarra.

—¿Qué? —dijo Flash, limpiándose la boca.

Marcus negó despacio. En la lengua le quedaba un sabor pobre, apagado. Pensó en la otra sangre, en su golpe vivo. Aquello saciaba sin convencer. Pan viejo frente a un corte perfecto.

Winsord retiró las jarras vacías con la misma calma de siempre. Nadie le dio las gracias. Nadie pudo. El silencio quedó colgado en el pasillo, espeso, mientras todos entendían que el hambre había venido para quedarse.

 

Vincent Belhurst,
Marido de Mónica
Necesito un tiempo

El teléfono vibró sobre la mesa antes de que Mónica se sentara. Lo miró un segundo, respiró hondo y contestó.

—Hola.

Al otro lado hubo un silencio breve, cargado.

—¿Dónde estás? —preguntó él.

Mónica caminó hasta la ventana. La noche le devolvió su reflejo, pálido.

—Necesito un tiempo —dijo—. No estoy bien. Nosotros no estamos bien.

—¿Me estás dejando? —preguntó él.

Ella cerró los ojos.

—No. No te dejo.

El silencio volvió, más largo. Mónica apoyó la frente en el cristal.

—Lo entiendo —dijo él al fin—. Tómate un tiempo si lo necesitas.

La garganta le ardió.

—Iré a casa de Emerson —añadió—. Me ha ofrecido quedarme allí.

—¿Tu amigo? —preguntó él.

—Sí. Estaré segura.

—Está bien.

Mónica dudó. Miró la habitación a oscuras, las sombras que no se movían.

—Una cosa Vincent... —dijo—. La investigación. ¿Podrías ayudarme con ese asunto? Hay un detective con nuestro caso...

—Brandt —respondió él—. Sigue preguntando. No me gusta.

—¿Puede llegar hasta nosotros?

—Lo miraré —dijo—. Te llamo en cuanto sepa algo.

Ella apretó el teléfono.

—Te quiero —dijo él.

Mónica tardó un segundo en responder.

—Yo también.

Colgó. El pitido muerto llenó la habitación. Bajó el brazo despacio. En la pantalla, la hora parpadeó. Afuera, un coche pasó sin frenar. Mónica guardó el teléfono en el bolso.

Al girarse, el pasillo le pareció más estrecho. Pensó en Brandt. Pensó en Emerson. Y supo que el tiempo que acababa de pedir ya no le pertenecía.

 

Jennifer, Novia de Marcus
Los colores de la mentira

Marcus volvió a su apartamento cuando la ciudad aún no había terminado de rendirse al amanecer. Subió las escaleras sin encender la luz del rellano. La llave giró una sola vez. Entró y cerró.

No se quitó la chaqueta.

Fue directo al escritorio. Encendió el ordenador, conectó un disco externo y empezó a formatearlos sin mirar la pantalla. Cuando terminó, abrió la torre con un destornillador y sacó los discos duros uno a uno. Los dejó caer en la mochila. El silencio del piso se volvió más denso.

Marcus se dejó caer en el sillón, con el portátil sobre las piernas. Tecleó rápido, revisando su correo. Los mensajes eran rutinarios, pero alguno le hizo fruncir el ceño: preguntas sobre envíos, compradores interesados, confirmaciones de pago.

—Perfecto —murmuró—, esto lo cerramos aquí mismo.

Abrió la app de S-K Imports en su teléfono. Con unos toques, canceló pedidos pendientes, notificó a los clientes y ajustó los precios de venta de su colección de maquetas. Cada figura, cada libro de ocultismo, cada disco duro había quedado registrado, etiquetado, listo para partir sin que él tuviera que mover un dedo fuera del apartamento.

Miró la pantalla un momento, asegurándose de que todo quedara ordenado. Luego apoyó la cabeza en el respaldo del sillón. Había vendido lo que podía y eliminado cualquier rastro que comprometiera su vida nocturna. La tranquilidad del silencio volvió a llenar la habitación, rota solo por el clic del último mensaje enviado.

En la estantería, las maquetas de Akira y Ghost in the Shell lo observaban desde su sitio de siempre. Dudó un segundo. Cogió tres figuras, las envolvió en una camiseta y las guardó con cuidado. No las más grandes. Las más difíciles de reemplazar.

Pasó a la pared del fondo. Detrás de los cómics había una fila de libros encuadernados en negro y cuero gastado. Los sacó sin prisa: tratados paganos, grimorios sobre entidades nocturnas, viejas ediciones anotadas a mano. Los hojeó un instante. Cerró uno con fuerza y los metió en la mochila.

Entró en el baño. Frotó el lavabo, el espejo, el suelo. Revisó la bañera. Nada a simple vista. Aun así, limpió otra vez.

Antes de irse, recorrió el piso con la mirada. El sofá hundido, la mesa baja llena de marcas, el olor viejo a café frío. No tocó nada más.

Apagó la luz que no había encendido y cuando se disponía a marcharse...

Jennifer llamó tres veces antes de que Marcus abriera la puerta. Tenía la voz ronca y el rostro ojeroso, con los ojos rojos de no dormir.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con un hilo de voz.

Ella dio un paso dentro sin pedir permiso.

—No me ignores, Marcus. Quiero saber por qué me dejaste. ¿Por qué te busca la policía? ¿Qué has hecho?

—No tienes que…

—¡Sí, tengo que saberlo! —interrumpió ella—. Merezco una explicación. Dámela y, si es lo que quieres, me voy por esa puerta y no vuelvo. Pero no me trates como si fuera una extraña.

Marcus bajó la mirada. Las luces del pasillo parecían dolerle en la piel.

Durante un instante pensó en mentir, pero algo en ella lo detuvo. Su voz, su miedo, su calor.

El mundo se estrechó. Todo sonido se apagó salvo el latido de su corazón. Marcus sintió cómo algo en su interior se abría, un sentido nuevo que no sabía que tenía.

El aire alrededor de Jennifer empezó a vibrar. Primero fue una sombra azulada, como humo sobre el agua. Luego, los tonos se definieron: un fulgor rosado que delataba cariño, una franja amarilla encendida por el miedo… y, al fondo, un rojo oscuro, dolorido, que palpitaba al ritmo de su rabia.

Marcus dio un paso atrás, aturdido. Veía los colores moverse, cruzarse, respirar. Su aura.

Jennifer lo miraba sin entender.

—Marcus… ¿qué te pasa?

Él levantó la cabeza.

—Maté a alguien —dijo al fin—. La mujer del perro blanco. Me alimenté de ella. No pude evitarlo. Lo entenderás algún día.

Jennifer retrocedió, con una mano sobre los labios.

—¿Qué estás diciendo? ¡Dios mío, Marcus! ¿Eres un asesino?

Las luces que veía en torno a ella se encendieron con fuerza. El amarillo se tornó blanco, cegador. Miedo puro.

Marcus casi saboreó el olor metálico que desprendía.

—No soy humano, Jen —susurró—. Ya no. Nada de lo que éramos queda.

—¿Y esperas que confíe en ti después de eso? —soltó ella, temblando—. ¡Ni siquiera sé qué eres!

Marcus cerró los ojos. Al abrirlos, la visión del aura se disipó poco a poco, como si el color se drenara del mundo. El silencio entre ambos pesó más que las palabras.

—Lo único que quiero —dijo él al fin— es que estés a salvo.

Jennifer lo miró por última vez. En sus pupilas aún quedaban restos del reflejo violeta que Marcus no supo si pertenecía a ella… o a él.

Luego, salió por la puerta y la dejó en la penumbra.

Marcus permaneció quieto, con la mirada fija en el hueco que ella había dejado atrás.

Las luces del pasillo volvieron a parpadear. Y esta vez, el mundo entero pareció teñirse de un rojo del que no podría escapar.

 

Lealtad absoluta

Emerson encontró a Winsord en la biblioteca, de pie junto a la mesa baja, colocando unos papeles con precisión. El mayordomo alzó la vista al sentirlo entrar.

—Winsord —dijo Emerson.

—Señor.

Emerson cerró la puerta. Apoyó la espalda en la madera, observó al hombre que llevaba años a su lado.

—Las cosas han cambiado —dijo—. Mucho.

Winsord asintió, sin sorpresa.

—Lo he notado, señor.

Emerson dio un paso al frente.

—No saldré de día. Habrá... necesidades distintas. Quiero saber si sigues conmigo.

Winsord lo miró a los ojos. No apartó la vista.

—Mi lealtad no depende de la hora ni de las circunstancias —respondió Winsord—. Usted es mi señor y siempre lo será.

El peso en el pecho de Emerson aflojó.

—Habrá trámites —añadió—. Ausencias prolongadas. Explicaciones que no puedo dar.

—Me ocuparé de ello —dijo Winsord—. Documentación, gestiones, excusas. Todo quedará en orden.

Emerson asintió.

—Gracias.

Winsord inclinó la cabeza.

—Ahora descanse, señor —dijo—. La noche será larga.

 

Jurgen, Socio Ingeniero
Apresurado traspaso

Flash entró a trompicones en su apartamento. Tiró la puerta, lanzó su chaqueta sobre la cama y comenzó a amontonar ropa y enseres en la bolsa de gimnasia. Tomó lo justo: camisetas, pantalones, un neceser con artículos de higiene y algunos objetos personales. Miró la bolsa y asintió: habría suficiente para un tiempo en la mansión de Emerson.

Sacó el teléfono y marcó a Terri. La conversación fue breve: quedaron en encontrarse con Jurgen, su otro socio, para cerrar formalmente la empresa.

En el bar de confianza, Jurgen los esperaba, con la mirada oscura.

—Hace días que no dais señales —dijo, ladeando la cabeza al ver sus caras largas—. ¿Qué os pasa?

Terri apoyó el bolso en la barra y le entregó una carpeta con los documentos:

—Tenemos que venderte nuestra parte. La empresa será toda tuya. Te irá bien —dijo con firmeza, evitando cualquier explicación sobre su repentina desaparición.

Jurgen hojeó los papeles, bufando, pero no hubo más protestas. Terri supervisó la firma de cada documento, asegurándose de que todo quedara correcto.

Antes de volver a la mansión de Emerson, pasó por su casa, cogió ropa y lo necesario para pasar una temporada fuera y un maletín de laboratorio. En el metió el material que necesitaba: tubos de ensayo, reactivos, guantes y algunos equipos portátiles. Todo lo imprescindible para realizar pruebas médicas sencillas. Cerró el maletín con un clic, y con un gesto indicó a Flash que era hora de marcharse.

La transacción estaba hecha. La empresa en manos de Jurgen, y ellos listos para regresar a la mansión de Emerson.

 

Primeras investigaciones

El teléfono fijo de Emerson sonó y Mónica lo levantó con las manos temblorosas. La voz de Vincent sonaba grave, controlada, profesional.

—Mónica, ¿qué tal estas?

—Bien... ¿sabes algo ya?

—Tengo varias cosas —dijo él—. Lo del incendio... fue provocado. Nada accidental.

Mónica frunció el ceño, apretando el teléfono contra la oreja.

—¿Y el cuerpo? —preguntó—. ¿Quién...?

—Identificado como Jacob Prestor —dijo Vincent—, aunque no quedó nada para una autopsia. Piernas y brazos rotos, con una estaca en el corazón y quemado vivo.

Mónica se puso nerviosa.

—¿Y el asesinato de la anciana? —preguntó—. ¿Saben algo más?

—El inspector Brandt sigue la pista —dijo Vincent—. Hay pruebas que señalan a Marcus Smith-Kearns. Huellas, comportamiento sospechoso, dejó a su novia advirtiéndole que podría hacerle daño y se deshizo de una bolsa de basura en el río. Brandt tiene orden de arresto y... lo van a meter entre rejas pronto.

Mónica se quedó en silencio, apretando el teléfono contra la mejilla.

—Jacob Prestor... ¿se sabe algo más de él? —preguntó finalmente.

—Sus finanzas las administraba Aynsely Whitman, corredor de bolsa de Denver —dijo Vincent—. Hace dos años, Prestor le entregó medio millón para invertir. Ha estado viviendo de las rentas desde entonces. El dinero venía de cuentas numeradas en Suiza. También tenía cartas de presentación de dos abogados importantes de Boston y una caja de seguridad en el United National Bank de Denver.

Mónica asintió, aunque Vincent no podía verla.

—Gracias por todo Vincent... —dijo con voz firme pero dolida—. Hablaremos pronto.

Colgó y apoyó la cabeza contra la pared. El teléfono aún caliente en sus manos, y la sensación de peligro apretando en su pecho. Sabía que todo se complicaba. Prestor, Marcus, Brandt... la red se cerraba, y no habría vuelta atrás.

 

 

Mónica entró en la sala donde los otros se habían reunido, todavía con el teléfono caliente en la mano. Emerson la miró levantando una ceja, mientras Terri y Flash estaban apoyados en el sofá, y Marcus revisaba su reloj con gesto distraído.

—Tenemos problemas —dijo Mónica, dejando escapar un suspiro y apoyando el teléfono sobre la mesa de mármol—. Era Vincent. Me ha puesto al día sobre la investigación.

Los cuatro se inclinaron hacia ella.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Terri, cruzando los brazos—. ¿Está bien?

—No exactamente —respondió Mónica—. El incendio fue provocado. Jacob Prestor... el cuerpo que encontraron, identificado como él, estaba completamente destrozado y quemado vivo. No quedó nada para la autopsia. Fue una muerte muy violenta.

Flash frunció el ceño.

—Quemado vivo, dices... —musitó. Sus ojos brillaban con la luz tenue del salón.

—Sí —continuó Mónica—. Y sobre la anciana asesinada... el inspector Brandt investiga. Las pruebas apuntan a ti, Marcus. Huellas, conducta sospechosa, móvil destruido, dice que dejaste a tu novia diciendo que podrías ponerla en peligro... y Brandt tiene ya la orden de arresto.

Marcus se tensó, pero mantuvo la calma aparente.

—Bueno —dijo él—, eso no cambia mucho para mí.

Emerson asintió, apoyándose en el respaldo del sillón con una sonrisa ligera.

—No os preocupéis —dijo—. Aquí podéis estar tranquilos mientras planeamos el siguiente paso. Winsord ya se encarga de que tengáis todo lo que necesitáis.

Mónica respiró hondo, cruzando la sala hasta el ventanal que daba a los jardines.

—Lo que me preocupa —dijo— es Vincent. Está implicado en todo esto más de lo que cree. No quiero que se meta en problemas.

—Hiciste lo correcto —dijo Emerson—. Lo importante es que estéis a salvo y que podáis pensar con claridad.

Terri apoyó la mano sobre su maletín de laboratorio, asegurándose de que llevaba todo lo necesario.

—Maldito Brandt —murmuró Flash, apretando el puño—. Nos va a complicar la vida.

—Eso es lo que tenemos que evitar —dijo Mónica, con voz firme—. Mantenernos fuera de su radar, desaparecer hasta que podamos actuar sin que nos pillen.

El silencio llenó la sala unos segundos. Todos asintieron, conscientes de la gravedad de la situación. La mansión parecía tranquila, pero la calma era engañosa. Afuera, Denver seguía girando, y la caza acababa de empezar.



Denver Nocturno